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martes, 5 de abril de 2016

AYER HOY MAÑANA (peronismo, política) MARIO AMADEO

AYER HOY MAÑANA (peronismo, política)  MARIO AMADEO
Gure, Bs As, 2da edición 1956, 20x15, 218 pp. Tapa blanda, rustica original de editor, ejemplar usado, muy buen estado.

El 25 de septiembre de 1955, tres días después de que el jefe de la Revolución Libertadora, general Eduardo Lonardi, asumió la presidencia de la República, juró como ministro de Relaciones Exteriores y Culto el doctor Mario Amadeo, de conocida militancia en el nacionalismo católico.
Había desempeñado importantes funciones en la diplomacia durante las presidencias de Ramón S. Castillo y del general Edelmiro J. Farrell, y había llegado a ser director de Asuntos Políticos de la Cancillería.
Eran los tiempos finales de la II Guerra Mundial que, inequívocamente, llevaban a una victoria de las fuerzas aliadas lideradas por el Reino Unido, los Estados Unidos y la Unión Soviética sobre las del Eje de Alemania, Italia y Japón.
Los gobiernos de los presidentes nombrados mantuvieron a la Argentina neutral en el conflicto, siguiendo el ejemplo de Hipólito Yrigoyen en la I Guerra Mundial.
Los partidarios de los aliados acusaban a los defensores de la neutralidad de ser pro Eje, no sin razón en muchos casos, y se originaban grandes enconos. Y como también es propio de nuestra particular idiosincrasia estimular la perdurabilidad de situaciones polémicas a través de los tiempos, las secuelas de esas divisiones político-ideológicas de la guerra de 1939-1945 jugaron un papel, una década más tarde, en la crisis que volteó al general Lonardi y lo reemplazó por el general Pedro Eugenio Aramburu.
Una de las víctimas de la crisis fue Mario Amadeo, cuya corta gestión de canciller (49 días.
Sobre la base de propuestas de Amadeo, hubo reincorporaciones de los desplazados en 1946, como, entre otros, Felipe Espil, designado embajador en Brasil. Hubo también nombramientos de hombres de los partidos políticos, como Alfredo Palacios, del socialismo, embajador en Uruguay; Adolfo Vicchi, del conservadurismo, en los Estados Unidos, y Donato del Carril, del radicalismo intransigente, en la Unión Soviética. Para la representación ante los organismos internacionales de Ginebra fue propuesto Eduardo Mallea. Por supuesto que las Fuerzas Armadas recibieron su cuota: el almirante Toranzo Calderón fue embajador en España; el general Videla Balaguer, en Italia, y el almirante Olivieri, ante las Naciones Unidas.
A fin de exponer ante quienes representarían a la Argentina las ideas sobre la política exterior del nuevo gobierno, el ministro de Relaciones Exteriores los convocó al Palacio San Martín y en un ceremonioso acto -en el que, simbólicamente, sentó a un religioso a su derecha, el decano de los embajadores argentinos, presbítero Daniel García Mansilla, y a un no creyente a su izquierda, Palacios-, a modo de clase magistral, pronunció un discurso, con el estilo y la jerarquía propios de su cultivada formación académica.
Luego de poner de relieve la excepcional circunstancia de una congregación plural indicativa de la tan deseada unión nacional, el canciller anunció, en síntesis, los propósitos de "continuar las relaciones amistosas con todos los países del mundo y muy especialmente con las naciones americanas" y la voluntad, en nuestro trato con los vecinos, de "disipar prevenciones sobre nuestras pretendidas aspiraciones hegemónicas".
Señaló que nuestro comportamiento "se ajustaría estrictamente a las normas del derecho internacional" y que estaríamos "junto a las naciones occidentales, a cuya tradición y cultura nos encontramos irrevocablemente incorporados" (citas del libro de Mario Amadeo Ayer, hoy y mañana, Ediciones Gure, 1956).

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